Resumen:
La digitalización constituye uno de los fenómenos más significativos de las últimas décadas, no solo en el plano tecnológico, sino también en el epistemológico. Su impacto trasciende la mera incorporación de herramientas digitales y supone la reformulación de los modos en que las organizaciones producen, validan y transmiten conocimiento. En el campo de las Ciencias Económicas, esta transformación adquiere un carácter particularmente relevante: los profesionales no solo enfrentan la necesidad de dominar nuevas tecnologías, sino también de reinterpretar los criterios de validez, confiabilidad y pertinencia de los saberes que aplican en contextos de incertidumbre creciente.En Argentina, los procesos de digitalización se encuentran mediados por factores externos -como la apertura económica, las regulaciones cambiarias y la disponibilidad tecnológica- y por factores internos -entre los que destacan las competencias digitales, la cultura organizacional y la capacidad de liderazgo (Basco et al., 2018; Motta et al., 2019; Fernández et al., 2022)-. Esta doble dimensión pone de manifiesto que la digitalización no es solo un asunto técnico, sino un fenómeno socio-técnico en el que interactúan estructuras, culturas y prácticas de producción de conocimiento. Los estudios recientes muestran que, a nivel empresarial, la digitalización redefine el empleo y las competencias. Hinojo Lucena et al. (2020) subrayan que, lejos de eliminar ocupaciones, la transformación digital reconfigura roles y funciones, lo que obliga a los profesionales a desarrollar competencias digitales específicas y transversales. Britto et al. (2023), por su parte, destacan que la digitalización en empresas industriales implica tanto la adopción tecnológica como la transformación cultural, pues el éxito depende de la capacidad de las organizaciones para integrar nuevas prácticas y significados compartidos. En esta línea, Vial (2021) enfatiza la dimensión cultural de la digitalización, al señalar que no se trata únicamente de implementar herramientas, sino de sostener una cultura de aprendizaje continuo que permita la adaptación. En el plano epistemológico, los cambios resultan aún más profundos. La emergencia de los macrodatos y de la inteligencia artificial pone en cuestión categorías clásicas sobre la construcción del conocimiento. Chahuara Quispe (2022) señala que Big Data introduce problemas epistemológicos vinculados a la contextualización: los datos, al acumularse en volúmenes inéditos, corren el riesgo de ser interpretados sin el debido anclaje en los marcos teóricos o prácticos que les confieren sentido. Del mismo modo, Monteiro da Silva Jr. et al. (2022) analizan las tensiones entre la epistemología popperiana y la ciencia de datos contemporánea, subrayando que los criterios de falsación y contrastación empírica no siempre resultan aplicables a modelos algorítmicos opacos. Este debate se complementa con la revisión crítica presentada en Synthese (2022), donde se problematizan los fundamentos epistemológicos de la ciencia de datos. Allí se plantea que la naturaleza de los modelos predictivos basados en aprendizaje automático introduce una ?caja negra? que desafía la transparencia y dificulta evaluar los criterios de evidencia. Estas tensiones repercuten directamente en la práctica de los profesionales en Ciencias Económicas, quienes deben tomar decisiones basadas en modelos cuya lógica interna no siempre es comprensible ni auditable. En el contexto latinoamericano, el trabajo de Tubaro et al. (2025) sobre el ?digital labour? en inteligencia artificial en Argentina, Brasil y Venezuela aporta un matiz fundamental: los saberes digitales no son producidos únicamente por los algoritmos, sino también por el trabajo humano que entrena, ajusta y valida los sistemas. Este componente humano, a menudo invisibilizado, resalta que la producción de conocimiento digital es también una construcción social atravesada por desigualdades regionales, laborales y educativas. Desde esta perspectiva, la digitalización no solo plantea desafíos técnicos, sino también epistemológicos y políticos: ¿qué saberes cuentan como válidos y quién los legitima en entornos digitales? La literatura argentina confirma estas tensiones. Ribas, Lazcano y Sánchez Abrego (2023), en una revisión de alcance, muestran la heterogeneidad de la digitalización en empresas locales: mientras algunos sectores han avanzado en la integración de tecnologías, otros enfrentan vacíos de infraestructura y formación. Esta desigualdad condiciona tanto la competitividad empresarial como la capacidad de los profesionales de construir saberes relevantes. El trabajo de San Emeterio (2023) complementa este diagnóstico al enfatizar que los saberes organizacionales se producen y reproducen en contextos culturales específicos, lo que exige procesos de aprendizaje institucionales que articulen competencias técnicas con valores compartidos. El proceso de digitalización, en este sentido, activa ciclos de desaprendizaje y reaprendizaje (Argyris & Schön, 1996), donde los equipos deben despojarse de prácticas obsoletas y apropiarse de nuevas formas de trabajar con tecnologías digitales. Esta dinámica genera competencias emergentes que combinan habilidades técnicas (analítica, automatización, manejo de sistemas) con competencias transversales (colaboración, comunicación, adaptabilidad) y de gestión del cambio (Montoya del Corte & Farías Martínez, 2018; Ramírez-Díaz, 2020; Hoffmann, 2023). El valor de negocio y la sostenibilidad organizacional aparecen como resultados cuando el aprendizaje organizacional se integra con la estrategia empresarial y la medición de resultados. McKinsey & Company (2018) demuestran que aquellas organizaciones que vinculan inversiones tecnológicas con una cultura de aprendizaje logran mejoras sustantivas en productividad y toma de decisiones. En el sector financiero, Adiguzel et al. (2023) confirman que la visión estratégica en procesos de digitalización es clave para potenciar la innovación y la percepción positiva de la inteligencia artificial entre los trabajadores. En síntesis, puede proponerse un hilo causal que conecta: (i) los impulsores externos e internos de la digitalización; (ii) las condiciones organizacionales habilitantes o barreras; (iii) los procesos de aprendizaje y construcción de saberes; (iv) el desarrollo de competencias profesionales; y (v) los resultados en desempeño, innovación y sostenibilidad. Este encadenamiento es más claro en organizaciones que alinean inversiones tecnológicas con marcos ágiles, culturas de aprendizaje y métricas de transferencia de conocimiento (Denning, 2018; Hoffmann, 2023). Las implicancias epistemológicas de este proceso son múltiples. En primer lugar, la digitalización exige repensar la naturaleza del conocimiento en Ciencias Económicas: ya no basta con aplicar teorías a datos, sino que se requiere cuestionar los propios fundamentos de la evidencia en entornos digitales. En segundo lugar, obliga a problematizar la relación entre saberes tácitos y explícitos, ya que la mediación algorítmica tiende a invisibilizar las competencias situadas y las decisiones humanas que subyacen al trabajo con datos. En tercer lugar, plantea un desafío político-epistemológico: garantizar que la digitalización no reproduzca desigualdades, sino que potencie capacidades colectivas de innovación y aprendizaje. A partir de esta revisión, se pueden esbozar algunas líneas de acción. Desde la academia, resulta clave diseñar trayectorias curriculares basadas en competencias, con prácticas en entornos organizacionales reales y con laboratorios sociotécnicos que permitan experimentar con tecnologías digitales. Desde las empresas, se recomienda promover comunidades de práctica, esquemas de mentoría y tableros que conecten indicadores de aprendizaje con resultados estratégicos. Finalmente, desde las políticas públicas, se torna urgente desarrollar programas de ?upskilling? y ?reskilling? sectoriales, especialmente para pymes, y articularlos con el sistema científico-tecnológico para acelerar la adopción de tecnologías en condiciones equitativas. En conclusión, la digitalización no es únicamente un proceso tecnológico, sino una transformación epistemológica y socio-técnica que redefine cómo se construye, valida y utiliza el conocimiento en Ciencias Económicas. El éxito de este proceso depende de la capacidad de generar aprendizajes organizacionales que integren competencias técnicas, transversales y de gestión, y que fortalezcan la ventaja competitiva y la sostenibilidad en contextos dinámicos.